Tras el zagúan de la muralla Carmona es una pequeña ciudad que se sitúa a 25 kilometros de la capital de Andalucía: Sevilla, España. No escribiría lo que podéis leer sino fuese porque estoy hablando de un pueblo maestro en salvar la historia que le ha estado haciendo una fortaleza de culturas que fueron intercambiándose sus murallas y vistas de alcores y vegas preciosas:
Hundida, pero bella, solitaria aunque amada; tu corazón, un puzzle de colores donde allí las perdices encuentran su morada. Olivar y trigal, os envidio, pues veis el horizonte que las puertas de Carmona en su piel su vetusto vestigio de fulgurosa luz ocultan en cada ocaso y la beben. Tierra hacia arriba y ahora hacia abajo; toda bella aún tu profundidad y no es oscura, sí de colores. Cuando la noche cae las raíces afanan y te decoran para así, en la mañana que extienda sus brazos el Parador y, como una historia de amor, el viento haga música, besos de vapor que trae la aurora y sigáis eternamente cogidos de la mano, mestizándoos, piedra y finura, tierra y fortaleza. Julio César la llegó a llamar “poderoso recinto amurallado” y el pueblo conserva numeros restos y vestigios de los cuales hoy el carmonense se enorgullece: la Necrópolis romana me coge cerca de casa, a veces se me va la mirada involuntariamente y me viene a la imaginación cómo tratarían las ceremonias en aquellos camposantos. Además, sería interesante presenciar el poder de acuñar “nuestra” propia moneda: el Carmo de bronce tan preciado hoy día y que puede verse en el museo de la ciudad. O comprobar las luchas en el Anfiteatro. No diría nada nuevo de esta “ciudad” nombrada por Felipe IV en 1630 históricamente hablando, porque la historia queda para el deleite del ciudadano o del indagador de esta ciudad aunque para llegar a hoy día se tuvieran que dar muchas guerras: tartesos, turdetanos, romanos, tardorroanos, visigodos, musulmanes... todos, incluso ahora, somos partícipes de la conservación de nuestros antepasados que hoy tanto valoran los turistas. Qué sería de Carmona sin su alameda con o sin álamos donde nuestros más cercanos antepasados se conocían y se sentaban y hablaban de sus cosas. Como hablan los viejecitos en las puertas del Teatro Cerezo, por el que tengo devoción, donde perdí la virginidad de los carnavales, tantas noches en su interior oyéndolo respirar, respirando a madera vieja. Viejecitos que vigilan como pueden las entradas del Paseo del Estatuto tan cambiado y maltratado por las noches, un camposanto de botellas que pienso yo pudo haberse evitado. San Pedro, con su versión de la Giralda, “el Giraldillo” se encarga de que por las alturas la Puerta de Sevilla esté bien custodiada y sea bello paisaje de las aves que diariamente e incesantemente sobrevuelan el inicio del casco histórico. Allá arriba la Plaza de San Fernando, Iglesia de Santa María, Convento de las Descalzas, la solitaria Puerta de Córdoba, la Plaza de Abastos... todo tocado por el tiempo, besado por los años bellísimamente desgastados. Si nos dirigimos hacía otro punto cardinal de la ciudad, nos encontraremos en los Salesianos, Colegio de Salesianos, donde además de ser lo dicho anteriormente es un auténtico paraíso de las puestas de sol:
Te despides del sol, embozado pero siendo tú mismo; matices, signos, te adosan a la nirvana, remota a nuestra tierra. Desvelas a veces rayos de luces hendidos a través del cuerpo de las nubes arreboladas; otras veces se encubren en la imaginación, sigues siendo tú mismo. Te revelé un día, te ignoraba antes. Ahora sé que me sigues y Carmona lo sabe, que desde lo alto de los Salesianos tú, un crepúsculo divino y grisáceo, encendido o apagado floreces a diario. Si no estuvieras, te esperaré, como cuando emerges solo en el cielo, abierto, despejado...
Además, cómo poder olvidar la cal, el oro blanco de las paredes, cal que, como diría el gran autor carmonense José María Requena, cuyo nombre representa a la biblioteca de la ciudad, en época de hambre tras la Guerra Civil española chupaban los niños de las paredes como si de un caramelo se tratara. La cal que no se pierda, hay cosas que no se deben perder. No:
La cal es un lujo de los pobres José María Requena
Ahora sí, lo veo todo claro, me siento protegido en tus curvas estrechas. Tu vientre es níveo y tus ojos celestes. Te siento respirar como balcones ebrios de geranios que, en relieve, como tus pechos son, danzan, y se estremecen. Alba perdura tu sangre antiquísima latiente entre paredes y alguna grieta de cuando el pretendiente sol te quiso. Tan guapa aún, tan guapa, ejerciendo de sendero plateado de propia luz, luz blanca que lleva a otro tipo de libertad más despejada y menos estrecha que tus calles calcáreas.
Todo en Carmona es un instante, como diría en mi escrito anterior, ahora es el momento, porque así lo hizo la naturaleza, repleta de misterios y evidencias tan grandes que pueden deleitar incluso al menos sensible de los humanos. De vez en cuando, es bueno recordar que vivimos en un gran lugar y esperemos que lo siga siendo de por vida. Este instante donde descansan los restos del pasado:
Es este instante con el que me quedo. Es pintura de un cuadro que aún está soñando con el vientre de los cuatro elementos; es el color herrumbre, es el del mar verdoso, el ambarino que llama a la mística, el del cenit cerúleo. Es este instante de piedra animal, es del sudor de tierra, de planicies que estallan y quedan ebrias de agua. Es soledad, es retiro, la paz, es el amparo de huesos perdidos, es aire puro, sangre de este sublime instante, nuestro perenne instante. Es la hoja de un libro que lleva siglos buscando su fin.
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